Inteligencia artificial y justicia social: el verdadero desafío mexicano

 

Alejandro Martínez Castañeda

Cada revolución tecnológica despierta temores, pero en México ese miedo tiene un matiz más profundo: no solo se trata de incertidumbre laboral, sino de una ansiedad legítima sobre quién se beneficia del cambio. La automatización de tareas administrativas y operativas no implica necesariamente desempleo masivo, pero sí transformaciones estructurales profundas en el mercado laboral.

Especialistas en el tema lo señalan claramente. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que cerca del 40 % de los empleos podrían verse afectados por la IA, con variaciones según sector y región, pero con un común denominador: es más probable que transforme roles que los elimine por completo, al menos en el corto plazo.

El problema no reside exclusivamente en la tecnología, sino en cómo se distribuyen sus beneficios. Como ha advertido la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, estamos ante una revolución digital que “podría revitalizar la productividad y crecimiento global, pero también profundizar la desigualdad si no se establecen redes sociales de protección y políticas de reciclaje laboral adecuadas”.

Además, la propia realidad del mercado laboral mexicano refleja esta brecha: trabajadores con habilidades en IA pueden llegar a ganar más de 50 % más que quienes no dominan estas herramientas, según datos recientes del mercado. Esto expone un punto crucial: la IA no desplaza al trabajador por sí misma, sino que magnifica las diferencias entre quienes tienen acceso al conocimiento tecnológico y quienes no.

Como observa el economista Robert Reich, la magnitud de la IA no solo tiene implicaciones sobre empleo, sino sobre distribución salarial y poder económico. Reich advierte que, sin mecanismos redistributivos efectivos, la IA podría “empobrecer a los trabajadores en lugar de beneficiarlos”, porque históricamente los beneficios de la productividad se han concentrado en los niveles más altos de la economía.

Incluso líderes dentro del sector tecnológico reconocen que la automatización está desplazando empleos, aunque también se generen nuevas oportunidades. El CEO de OpenAI, Sam Altman, ha señalado que la IA “ya está desplazando algunos trabajos y que el impacto real será más visible con el tiempo”, aunque también confía en la creación de nuevos roles conforme la sociedad se adapte.

¿Por qué, entonces, el miedo crece con más fuerza en México que en países con redes de seguridad social más robustas? Porque aquí la gran mayoría de empleos no cuentan con protección ante el desempleo, capacitación universal o acceso equitativo a tecnologías emergentes. No es solo la amenaza de perder un puesto, sino la ausencia de una red que permita sostener a la persona y su familia mientras se reinventa profesionalmente.

La pregunta de fondo, por tanto, no es si debemos adoptar la inteligencia artificial, sino quién tendrá acceso real a ella y en qué condiciones. Democratizar el acceso no significa solo garantizar conexión a internet o disponibilidad de herramientas. Significa formación crítica, acceso a educación tecnológica continua, oportunidades de reconversión laboral accesibles y políticas públicas que prioricen el bienestar colectivo sobre la ganancia corporativa.

La inteligencia artificial no vendrá a quitarnos el trabajo, pero sí puede ampliar la desigualdad si no existe una estrategia inclusiva y humana detrás de su implementación. México tiene la oportunidad de transformar este desafío en un impulso social —pero eso requiere voluntad política, compromiso empresarial y una visión educativa que ponga a las personas en el centro del futuro digital.

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